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La pena democrática

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Hay un tipo de desolación moral, de exasperación, de amargor, que es solo accesible a las democracias. Una nación puede sufrir y sufre toda suerte de desdichas públicas, desde horribles plagas a humillantes derrotas en el campo de batalla, desde ver al enemigo invadiendo las fronteras a sufrir cómo los vencedores se reparten sus restos.

Pero en medio de todas esas calamidades queda el consuelo de la solidaridad, de saber que tu vecino está como tú y puedes unirte a él en la lamentación.

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Pero si la desgracia pública viene no solo de un hombre que ha sido elegido por lo que, aplicando la ficción parlamentaria, es una mayoría de tus conciudadanos, y más aún si la prepara y escenifica, y sigue siendo votado, a la amargura de ese infortunio público se suma una terrible soledad y la incredulidad de pensar que quienes te rodean y viven el mismo destino nacional, quienes van a soportar la vergüenza o el daño, son responsables de él.