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YA NO CUELA

El tiempo

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Mientras aquí nos vamos haciendo lentamente a la idea de venezolanizarnos, la progresía mundial ha vivido una semana de pesadilla: el ‘brexit’ se ha consumado, y no precisamente entre llantos y crujir de dientes británicos, y una votación crucial en el Senado norteamericano ha garantizado prácticamente que el ‘impeachment’ de Trump quede, como preveíamos, en agua de borrajas y nuevo ridículo de los demócratas.

Es curioso que quienes están todo el rato sermoneándonos a los demás sobre lo importante que es asumir el cambio -así, en general- sean tan reacios a aceptarlo cuando se les viene encima, y que quienes nos aseguran que no se puede atrasar el reloj hagan lo imposible por hacer eso mismo.

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Se parecen en esto a los enemigos del control parental, que solo están teóricamente en contra porque dan por supuesto que se trata de imponer sus ideas sobre nuestros hijos, y que nunca será al revés. Cuando lo sea -y lo será: el péndulo no se detiene-, serán los primeros en pedirlo a gritos.

Del mismo modo, muchos que señalan todas las cosas buenas -pasta, fundamentalmente- que nos ha traído la Unión Europea parecen incapaces de advertir que nada se queda como estaba, y que uno puede perfectamente ser partidarios del club de Bruselas cuando era A, y aborrecerlo cuando degenera en B. Nada más sencillo que ver cómo el libertador de los pueblos se convierte en el tirano.